Fidel Castro y Salvador Allende
Una fresca tarde Caraqueña de 1972, al salir de la Universidad Central para dirigirme hasta la parada de autobuses de Chacaito me topé con un señor chileno, bajito, educado, elegante y que me triplicaba en años. Entablamos conversación inmediatamente sobre el tema del momento: Salvador Allende y su revolucionaria “vía chilena al socialismo”. Lógicamente, yo era revolucionario, pues como decía el maestro Allende: “ser joven y no ser revolucionario es una contradicción…” el señor en cuestión era uno de los muchos exiliados chilenos que deambulaban por Caracas. Según él, lo había perdido todo -hablaba de tierras y pinares y granjas que le habían sido decomisadas-, se había sentido perseguido, acosado y vejado hasta el punto de tener que emigrar con su familia. Me daba ejemplo tras ejemplo del desastre que, siempre según él, se estaba desarrollando en Chile. Yo le rebatía sus ejemplos uno por uno, y pensaba para mis adentros que estaba frente a uno de los tantos terratenientes, oligarcas y explotadores del pueblo chileno al que le había llegado su hora gracias a la justicia reivindicativa de la revolución. La conversación fue muy amena, y quiero recordar que incluso nos paramos para tomar un café en Sabana Grande…Al darnos la mano en señal de despedida, el señor me miró fijamente, hizo un largo silencio, como para que se me fijaran sus palabras y dijo pausadamente: “pareces un joven inteligente…es una lástima que no sepas de lo que estás hablando…” y sin decir más se marchó. En el viaje en autobús a mi casa no dejé de pensar en las palabras del chileno, en como mis argumentos y mi lógica lo habían acorralado hasta el punto de pronunciar aquella frase para tratar de descalificarme.
Años después, en la Habana, en 1979, mientras me disponía a tomar el avión de vuelta a Venezuela, repasaba las experiencias de mi visita a Cuba durante el XX aniversario del triunfo de la revolución. Era asombroso lo que el gobierno cubano decía haber logrado y que pudimos verificar en los distintos tours a los que fuimos invitados: vivienda para todos (el objetivo estaba próximo a lograrse), un sistema educativo ejemplar (la meta en ese momento era bachillerato para todos), un sistema de salud envidiable, mucho orden, mucha cultura al alcance de todos (llevaba las maletas llenas de libros, de discos, de afiches...) cero desempleo, y un largo etcétera. Había sin embargo algo irreal en esta imagen, algo que me perturbaba: había visto verdadero hacinamiento en casas de vecindad y en edificios convertidos en residencias improvisadas, sin pintar y en total deterioro; muchos extraños se me acercaron para pedirme que les vendiera los vaqueros que llevaba puestos, o la cámara, o la grabadora, o para pedirme que les comprara esto o aquello en las “tiendas de turistas”, o para que les vendiera dólares o simplemente para quejarse y hablar mal de la revolución. Ya en el avión, otros pasajeros comentaron sobre los cuatro o cinco cubanos que iban en el vuelo...”son gusanos...”, comentó alguien, y yo recordé a un camarero que trabajaba en el hotel Nacional que decía ser médico, trabajaba en las brigadas de construcción los fines de semana y hacía de camarero por las noches, y que cuando se sintió en confianza empezó a despotricar de la revolución y a decirme como me envidiaba por vivir en un país libre, que en cuanto pudiera se iría. Era claramente un inadaptado, el remanente egoísta dejado por el capitalismo pre-revolucionario, que no entiende de solidaridad, ni sabe de otra cosa que no sean sus propios intereses.
Fidel Castro y Hugo Chavez
Hoy, 25 años después, vivo en España, me vi obligado a retornar cuando una revolución -a la que inicialmente apoyé- llegó y se instaló en Venezuela. Poco a poco la ilusión se fue transformando en pesadilla, el cerco empezó a estrecharse y el gobierno se volvió tan inaccesible como los habitantes de "El Castillo" de Kafka. Hoy en día los únicos que visitan el país son los turistas revolucionarios que sienten curiosidad por el “socialismo del siglo XXI”. Poco a poco lo fui perdiendo todo, hasta la esperanza -y claro, esto fue lo peor- hasta que no me quedó más remedio que emigrar. Yo ya soy un hombre mayor, bajito, creo que educado y no muy elegante que, cuando me encuentro con algún joven revolucionario a la violeta, que quiere hablar del tema (a la mayoría no le interesa) trato de ilustrarle con ejemplos y experiencias personales el error que podría estar cometiendo al hablar de oídas y con tanta ligereza sobre un tema tan importante, tan trascendental, tan radicalmente transformador de nuestras vidas como es una revolución. Nunca he logrado, ni tan siquiera hacer dudar a uno de mis contertulios, es prácticamente imposible convencer a un quijote bienintencionado, sediento de justicia y libertad de que podría ser, parafraseando a Bolívar “...instrumento ciego de su propia destrucción”, o más triste aún, ser solo un tonto útil. Invariablemente termino citando al chileno...”pareces un joven inteligente.....es una lástima que no sepas de lo que estás hablando....”
Aniceto Salmerón Profesor Titular Jubilado Ingeniero, Ph. D. (anicetosalmeron@gmail.com)